Capítulo IX

LA NOTICIA QUE NO DEBIÓ SER

 

A continuación, vamos a analizar, párrafo a párrafo, la mencionada carta del Padre Lyonnet al Padre Cholleton, vicario general de Lyon. Es el primer testimonio escrito de la muerte de Andrés Coindre, así como el más directo y completo. Si lo deseas, puedes leer primero toda la carta de corrido, sin detenerte en los comentarios intercalados, y luego volver sobre los mismos; pero no la leas a la ligera, dale el peso que tiene cada palabra. Sólo si llegas a comprender el dramatismo del texto, si empatizas con los sentimientos del autor, podrás comprender quién era el Padre Andrés Coindre para ellos y el peso de su repentina muerte.

 

Blois, 30 de mayo de 1826

 

Señor vicario general. Hace poco tiempo que tuve el placer de conversar de nuestra dicha común. Hoy tengo que anunciarle muy malas noticias. No quisiera dárselas, pero es mi deber hacerles partícipes y al mismo tiempo buscar consuelo acudiendo a ustedes. Monseñor (el obispo), no puede daros la noticia porque salió esta semana para la visita pastoral.

 

Recordemos simplemente que el Padre Andrés Coindre, aunque estaba viviendo en Blois y había pasado antes varios años en la diócesis de Le Puy, seguía incardinado en Lyon, por lo que correspondía notificar de su deceso a las autoridades de dicha arquidiócesis y que, por una compleja situación3, el poder real lo tenía Jean Cholleton (1788-1852), vicario general y, hasta 1825, encargado de las comunidades religiosas. Era coetáneo del Padre Coindre y seguramente se conocían muy bien.

 

Por otra parte, recordemos que el autor de la carta es el joven Padre Jean-Paul Lyonnet (1801-1875), uno de los tres directores del seminario mayor de Blois (más adelante llegaría a ser obispo y a participar del Concilio Vaticano I; en el anexo final se pueden encontrar algunos datos más sobre su vida). En ese momento tenía veinticinco años y era unos trece más joven que Coindre y Cholleton, a quienes debía conocer muy bien y considerar figuras de autoridad tanto por la diferencia de edad como por los cargos que habían alcanzado. No sabemos cuál era “la dicha común” sobre la que habían hablado, pero el comentario puede dar cuenta de cierta familiaridad entre ambos.

 

Por último, el obispo ausente por estar en visita pastoral, es Monseñor Philippe-François de Sauzin, quien había llevado a Coindre a Blois. No sabemos por qué medio se le notificó de su muerte.

 

El Señor Coindre desde el diez del corriente ha estado muy raro; no venía ya más al recreo con nosotros, nada más salir de un ejercicio se recluía en su habitación. Hemos pretendido en vano averiguar la causa de un cambio tan repentino. Pensábamos que el Señor Dufêtre le habría traído malas noticias de Lyon o bien que preparaba un sermón para el día de Pentecostés. En la víspera de esta festividad, para la repetición de la oración nos hizo un sublime discurso sobre la voluntad de Dios y la creación del mundo, el coro de los ángeles y el reino del Espíritu Santo; terminó su disertación llorando y apenas pudo oficiar la Santa Misa. Por la tarde, uno de los directores (el profesor de filosofía), ignorando cómo se hallaba, le pidió que dirigiera una pequeña exhortación: en efecto lo hizo, pero no nos habló más que del magnetismo, del iluminismo, del espíritu animal y de las sociedades bíblicas.

 

La primera observación de alguna conducta extraña, según Lyonnet, fue el miércoles 10 de mayo, veinte días exactos antes de su muerte. Antes de eso no encontramos ningún otro testimonio de un episodio similar, es decir que el trastorno mental se manifestó por primera vez. Los primeros síntomas son de retraimiento.

 

Se hace referencia a Dominique-Augustin Dufêtre (1796-1860), sacerdote lionés y amigo íntimo del Padre Coindre, con quien predicó muchas misiones entre 1819 y 1821. Luego se trasladó a Tours, localidad distante 60 km de Blois, donde fue nombrado vicario general en 1824 y permaneció hasta 1842, cuando se lo designó obispo de Nevers. Mantenía un contacto muy cercano con Andrés Coindre y por eso la hipótesis de que le podría haber traído noticias preocupantes de sus congregaciones o de su familia en Lyon.

 

La víspera de Pentecostés fue el sábado 13 de mayo, podemos suponer que su discurso estaba destinado a los seminaristas y profesores y que tuvo lugar en la mañana temprano, pues fue antes de la misa y en esa época el ayuno eucarístico debía ser absoluto y estricto hasta la comunión, por eso las celebraciones solían ser siempre matutinas. Aunque se lo describe como “sublime”, el estado emocional de Coindre al terminar no era normal. Al retraimiento sumamos un segundo síntoma: una emocionalidad descontrolada, una sensibilidad que le llevaba al llanto sin aparente motivo. De los temas del coloquio, vale la pena destacar dos: la voluntad de Dios y el reino del Espíritu Santo; veremos cómo aparecen de manera recurrente antes de su muerte.

 

Como ya hemos dicho, el seminario de Blois contaba con tres directores por debajo del superior, que era Coindre. Estos eran Dormant, Clare y el propio Lyonnet; con certeza éste último se refiere a uno de los otros dos. Si desconocía el estado del Padre Coindre probablemente sería por haber estado ausente en la Eucaristía matutina. Con seguridad este director esperaba que la exhortación a los seminaristas fuera sobre el Espíritu Santo, sin embargo, Coindre “no habló más que del magnetismo, del iluminismo, del espíritu animal y de las sociedades bíblicas”. Se desprende de la redacción que eso no era lo esperado y que llamó la atención de todos. Tercer síntoma: una desconexión con la realidad e ideas delirantes.

 

Sin embargo, estos temas probablemente tenían mucho sentido en la mente de Andrés. El “magnetismo” explicaba de manera racional el funcionamiento del cosmos, sin necesidad de apelar a Dios, por lo que era un arma utilizada por los iluministas. El “espíritu animal”, teoría filosófica nacida en Grecia en el siglo I y que Descartes retomó en sus escritos en el siglo XVII, tenía por objetivo explicar las causas del comportamiento humano de manera exclusivamente racional: otra arma del iluminismo. Finalmente, las “sociedades bíblicas” eran grupos protestantes que imprimían y distribuían las Sagradas Escrituras, estaban en conflicto con la Iglesia católica por el uso de la lengua vernácula y la exclusión de los libros conocidos como “deuterocanónicos”, choque que tuvo su momento más álgido justo entre 1820 y 1827.

 

Como queda patente, lo que Andrés Coindre estaba intentando hacer era esgrimir una defensa de la religión frente a los ataques de sus enemigos. Más adelante otros datos confirmarán esta lectura. Proseguimos con la carta:

Al día siguiente asistió a los oficios de la catedral con síntomas de gran enajenación, con raras actitudes. El médico del obispo que lo observaba le dijo a uno de sus vecinos: “He ahí un hombre que no está en su sano juicio”. A la salida de la misa garabateó no sé cuántas hojas para explicar cómo el sonido de los instrumentos que acababa de escuchar golpeaba a su oído. A la salida de vísperas se acercó a decir a monseñor, confidencialmente y como delegado de lo Alto: “Monseñor, el Padre Eterno ha reinado cuatro mil años, el Hijo mil ochocientos, ahora va a comenzar el reino del Espíritu Santo, que pronto debe encarnarse”. Monseñor, sorprendido y extrañado, se preocupó por calmarlo y le aconsejó que emprendiera un viaje a Tours para disipar sus ideas. Ese día yo había ido a reemplazar a un sacerdote enfermo. A mi regreso, el Señor Clare, me solicitó que fuera a ver qué le pasaba al superior. Fui inmediatamente y le dije: Padre superior ¿está usted cansado? “No”, me respondió. ¿Hay algo en el seminario que le preocupa? “No”. ¿Le causan algún disgusto sus congregaciones? “No.”

 

Ya estamos en el domingo 14 de mayo, fiesta de Pentecostés. No se nos describen las “raras actitudes” y los “síntomas de gran enajenación”, pero debieron ser lo suficientemente claros para que el médico del obispo, que no había sido testigo de los episodios del día anterior, se diera cuenta sólo con verlo en la oración y en la misa.

 

Luego aparece otro síntoma más: las ideas fijas. En circunstancias normales ninguna persona dedicaría páginas y páginas a escribir sobre el impacto del sonido en su oído. La palabra “garabatear” nos indica, además, que no se trataba de una escritura prolija y ordenada, sino más bien frenética, rápida.

 

El episodio recién relatado debe de haber ocupado buena parte de la mañana; después el relato prosigue de tarde ya que se menciona la oración de vísperas. Tanto el tono confidencial con el que se dirige al obispo, Monseñor de Sauzin, como el contenido de lo que dice revelan que el superior del seminario no está bien, delira. Notemos que nuevamente aparece la mención al “reino del Espíritu Santo”. Cuando el obispo le aconseja ir a Tours es para visitar a su amigo Dufêtre, ya que piensa que le hará bien su compañía y un poco de descanso. Es evidente que no tiene la más mínima idea de cómo tratar a una persona con los síntomas del Padre Coindre.

 

El Señor Clare que se menciona es, como ya dijimos, otro de los directores del seminario. Probablemente le pide a Lyonnet que vaya a hablar con Coindre porque habría una mayor confianza entre ambos, tal vez por ser originarios de la misma ciudad. Lyonnet lo ve mal, pero no hay nada externo que parezca afectar al superior: ni el cansancio, ni el seminario, ni sus congregaciones.

 

El lunes salió para Tours. Nadie sabía aún el motivo de su viaje, excepto yo y monseñor, quien me lo dijo hacia las once de la mañana. Cuando salía le dijo al joven que había llevado de Monistrol: “No se extrañe si me vuelvo loco, pero eso no durará más que hasta el día 28”. Llegado a Tours le hizo al Señor Dufêtre escenas realmente horrorosas. Pienso que le llegarán los detalles por otros conductos. El Señor Dufêtre aprovechó un momento de lucidez para enviárnoslo el día 18 de este mes.

 

El viaje comienza al día siguiente, lunes 15 de mayo, con una actitud de secretismo por parte de Lyonnet y del propio obispo, que seguramente no saben explicar qué le está pasando a Coindre y que no quieren causar alarma entre los profesores y seminaristas.

 

No sabemos quién es “el joven que había llevado de Monistrol” que se menciona, tal vez un joven que hubiera querido marchar con el Padre Coindre para ingresar en el seminario de Blois o alguien que él llevó para realizar algún oficio allí. Sin duda parece que el Padre Coindre le tenía cierta confianza, pues le hace depositario de su extraña premonición.

 

Aquí aparece un elemento de muy difícil comprensión, ¿es consciente el Padre Coindre de sus propios desvaríos en aumento?, ¿predice que va a empeorar?, ¿cómo sabe que dos semanas después se mejorará?, ¿es sólo casualidad que efectivamente haya sido así o hay algo sobrenatural en esto? Lo que podemos deducir es que la fecha señalada por Andrés no era casual ya que el 28 de mayo era el domingo de Corpus Christi. Vamos a ver más indicios de que su delirio tiene matices místicos.

 

No sabemos qué “escenas realmente horrorosas” le hizo Andrés a su buen amigo Dufêtre. Da la sensación de que Lyonnet no las quiere dejar por escrito para preservar su memoria. En Tours no pueden sostener la presencia de Coindre más que unos pocos días y el jueves 18 lo mandan de vuelta a Blois, en un momento en el que parecía estar más sereno.

 

De vuelta a Blois, al entrar en el seminario, parecía con un aspecto más calmo, me abrazó de un modo conmovedor, me manifestó que se hallaba en muy mal estado. Después de algunas horas de tranquilidad recayó en una demencia casi continua. No hablaba más que de los designios divinos, de los grandes ataques a la religión, del magnetismo; de los sacrificios y de las inmolaciones que debemos a Dios. Quería inmolarse él mismo o uno de sus guardianes por la salvación del género humano. Dispuse que se le dieran todos los cuidados posibles. Envié seminaristas para que lo cuidaran día y noche. Durante la semana tuvo algunos momentos de lucidez y me pidió que lo confesara. Lo atendí.

 

El relato continúa con lo sucedido el 18 de mayo, probablemente por la tarde o noche. Seguramente ese “abrazo conmovedor” no era propio de Andrés o de la forma de trato de la época y por eso Lyonnet lo registró especialmente; nuevamente surge esa emocionalidad desbordada. También aparece, una vez más, la conciencia de su condición; debe haber sido muy difícil para Andrés, un hombre brillante, ser consciente de su propio deterioro emocional e intelectual.

 

Recae en la demencia, su mente frenética y delirante mezcla los temas, encuentra entre ellos conexiones imposibles, hay ideas fijas como los ataques a la religión… pero hay un nuevo elemento que no debemos pasar por alto: “No hablaba más que (…) de los sacrificios y de las inmolaciones que debemos a Dios. Quería inmolarse él mismo o uno de sus guardianes por la salvación del género humano.” Sí, entendamos bien lo que está describiendo Lyonnet: Andrés Coindre cree que alguien debe morir para cumplir con un sacrificio que, a semejanza del de Cristo, produjera la salvación de la humanidad. Quería quitarse la vida (“inmolarse”) pensando que con eso iba a hacer la voluntad de Dios o, si no podía hacerlo él, pensaba que podría sacrificarse alguno de sus “guardianes”. El delirio comienza a producir ideas suicidas, pero con el objetivo de agradar a Dios y salvar a los hombres. Andrés desvaría, sí, pero en su desvarío sigue amando a Dios y al prójimo con todas sus fuerzas. Ha perdido la cordura, pero no la fe ni la caridad.

 

Hay otro elemento fundamental en el mismo sentido: en un momento de lucidez Andrés pide la confesión. Su mente le falla, pero no su amor a Dios y su deseo de estar íntimamente reconciliado con Él. Aunque su muerte haya sido horrible, no debemos tener miedo de decir que murió en estado de gracia o que, al menos, él hizo todo lo posible para estarlo.

 

Hemos mencionado al pasar la palabra “guardianes”, sin darle mayor importancia, pero era tal el estado de Coindre que Lyonnet se dio cuenta de que no podía dejarlo solo y mandó a algunos jóvenes seminaristas que lo acompañaran día y noche. Incluso el siguiente párrafo que leeremos de la carta deja en evidencia que el superior estuvo atado; no sabemos ni cuánto tiempo ni con qué medios, pero la camisa de fuerza fue inventada en Francia por el tapicero Guilleret en 1790 y su uso se extendió a comienzos del siglo XIX.

 

Vamos a completar en este momento la información que nos brinda la carta del Padre Lyonnet, con un detalle que surge de otra carta, fechada el día siguiente y cuyo autor es el Padre Guillois, vicario general de Blois. Esta segunda carta es similar en contenido, pero más formal y breve, porque es una comunicación oficial y no una misiva personal como la de Lyonnet. En este documento que ahora mencionamos, Guillois afirma que “no hubo otra solución más que hacerlo tratar en el hospital”. Es decir que, en vista de su estado, decidieron que el superior ya no podía ser tratado adecuadamente en el seminario, sino que necesitaba atención médica continua y por eso es trasladado al hospital, un antiguo monasterio benedictino, donde varios seminaristas se turnaban para cuidarlo. Esta situación se prolongó por unos nueve días, del 18 de noche o 19 de mañana al sábado 27 de mayo.

 

Volvemos a la carta de Lyonnet. El siguiente párrafo es muy extenso, por eso, sin omitir nada, lo vamos a dividir en tres para poder comprender mejor el relato.

 

En fin, el domingo de Corpus, el 28 tan esperado, volvió a recuperar su razón casi por completo. Me hizo llamar. Fui y le anuncié su liberación. Me pareció que se sentía cómodo. Durante el día se paseó por el jardín; se lo desató con el consentimiento de los médicos, se le cambió de apartamento, porque él creía que su antigua habitación le traía la maldición.

 

Tal y como lo había afirmado dos semanas antes, Andrés parecía estar mucho mejor justo en el día predicho e hizo llamar a Lyonnet, quien fue a verlo. Lo encontró tan bien que le concedió la “liberación”: se lo desató y le permitieron pasear libremente por los jardines del hospital. Pidió cambiar de habitación y se le concedió, aunque el relato deja entrever que era un pedido irracional.

 

Esta mejoría presagiaba grandes tormentas; la noche siguiente fue tremendamente penosa. Ayer durante todo el día no dijo casi ni una palabra. Hacia las nueve de la noche, pidió agua del Loira, porque decía que la inteligencia divina había descendido en ella. Después de esto hizo apagar todas las luces y simulaba dormir. Los cuatro hombres que lo vigilaban creyeron que dormía. Hacia la una y media de la mañana se levantó suavemente, abrió la ventana y se precipitó al vacío. Un seminarista que se despertó por el ruido que el padre hizo al abrirla, se levantó rápidamente y lo agarró de la camisa, la que se rasgó. El joven estuvo a punto de ser arrastrado.

 

Llegamos al momento más significativo de la narración: la muerte de Andrés Coindre. A una noche “tremendamente penosa”, aunque no sabemos exactamente a qué se refiere, le siguió un día, el lunes 29 de mayo, en un estado de mutismo y aislamiento hasta la noche. Entonces reaparece el delirio con características místicas: pide agua del río Loira, que atraviesa la ciudad de Blois y está a escasos 70 metros de la puerta del hospital, “porque decía que la inteligencia divina había descendido en ella”. No sabemos si le concedieron este último deseo.

 

Después de eso, a entender de Lyonnet, realizó una estratagema para poder terminar con su vida: “hizo apagar todas las luces y simulaba dormir” para engañar a “los cuatro hombres que lo vigilaban”. La carta del Padre Guillois también confirma esta idea: “Se precipitó desgraciadamente de la habitación en que se lo cuidaba, después de haber engañado a los jóvenes seminaristas que lo cuidaban”. La cantidad de detalles que nos brinda Lyonnet sobre el momento de la muerte ayudan a creer en la veracidad del relato: la hora, el ruido de la ventana, la camisa de dormir que se rasgó… y el cuerpo que cae al vacío. La muerte fue instantánea. Eran las primeras horas del martes 30 de mayo de 1826.

 

En dos segundos se ha terminado una vida toda ella consagrada a la gloria de Dios. Comprenda nuestra triste situación. Nuestro estado de ánimo es desolador. Realmente necesitamos consuelo en medio de tanta desgracia. No nos olvide en esta penosa circunstancia. Esta enorme catástrofe repercutió en Blois y no dudo de que pronto se hable de ella en toda Francia.

 

Lo más importante de estas líneas es que nos ayudan a dar verdadera dimensión a la figura de Andrés Coindre y el efecto que tuvo su muerte. Las palabras de Lyonnet son contundentes: “triste situación”, “estado de ánimo desolador”, “necesitamos consuelo”, “tanta desgracia”, “penosa circunstancia”, “enorme catástrofe…” No sólo han perdido a un sacerdote más o a un superior, sino a un hombre excepcional con “una vida toda ella consagrada a la gloria de Dios”. ¿No son esas las palabras para describir a un santo?

 

La carta continúa con otro extenso párrafo que vamos a presentar separado en cuatro partes. Todo él es muy importante porque ya no se trata de un relato de hechos, sino de un intento de explicación de los mismos. Apenas han pasado unas horas de todos estos sucesos y seguramente en el seminario no se ha hablado de otra cosa en todo el día, de modo que se comienzan a elaborar diferentes teorías sobre lo sucedido. Están claros los hechos, pero necesitan entender el por qué para que tenga alguna lógica; lo más difícil de aceptar es aquello que no tiene ningún sentido.

 

¿A qué atribuir esta horrorosa enfermedad en este hombre que parecía poseer una gran fuerza de carácter, que había triunfado en las mayores dificultades, que decía a nuestros seminaristas que no tuvieran miedo ya que él había soportado cuanto se puede enfrentar en la vida? Aquí todo le sonreía. Decía a todos que era el hombre más feliz. Hace tres semanas solamente le decía a monseñor que se hallaba como en su centro y en su elemento. Le habíamos prometido volver el año próximo con el consentimiento de nuestros superiores. Monseñor acababa de nombrarlo canónigo titular. Todas sus solicitudes eran escuchadas y sus deseos cumplidos. Dos días después de su nombramiento llega el mal.

 

Lyonnet comienza esta última parte de la carta destacando tanto las fortalezas personales de Andrés como las condiciones favorables de su entorno. Queda claro que no se lo consideraba como un hombre quejoso o deprimido, sino con una personalidad arrolladora, vital y saludable.

 

Pero para comprender perfectamente el texto hagamos dos pequeñas aclaraciones. Por un lado, la referencia a “volver el año próximo” puede deberse a que Lyonnet tenía en vista su traslado a Lyon y pensara concretarlo en breve, de modo que el año siguiente volvería con el permiso de sus superiores a visitar a Coindre en Blois, lo que sería una alegría para él.

 

Por otra parte, está lo relativo a su nombramiento como “canónigo titular” el 8 de mayo, dado que ya era “canónigo honorario” desde noviembre de 1825. Son términos generalmente desconocidos para nosotros, pero que en aquella época tenían su importancia. Un canónigo, hasta el día de hoy, es un miembro del “cabildo” de una catedral, un órgano colegiado que resuelve los diferentes asuntos de la misma (el cabildo sustituye la figura del párroco como autoridad máxima). En tiempos de Coindre los canónigos usaban un hábito especial y se reunían a rezar en el coro de la catedral, por lo que eran figuras públicas. El “canónigo honorario” no recibía ningún dinero ni tenía otras obligaciones, aunque podía usar el hábito y rezar en el coro, era más bien un reconocimiento a un sacerdote destacado; mientras que el “canónigo titular” era el que tenía todos los derechos y deberes del cargo. Lo que quiere indicar el Padre Lyonnet es que Monseñor de Sauzin le acababa de conceder un gran honor al Padre Coindre, muestra de la estima que le tenía.

 

Los médicos creen que la causa del mal era una gota depositada en el cerebro o un enclaustramiento demasiado opuesto a su temperamento o un estudio demasiado concentrado de una filosofía sistemática del magnetismo, de la enciclopedia que estaba analizando y en todo lo cual meditaba continuamente, o de “El Constitucional”, del que extraía párrafos que nos leía bastante a nuestro pesar en los recreos.

 

Se comprende que estas líneas fueron escritas después de haber conversado con los doctores que atendieron a nuestro fundador en el hospital. Éstos, sin tener idea real de qué mal aquejaba al Padre Coindre, elaboraron diferentes hipótesis.

 

La primera es la “gota”, nombre común de una forma de artritis caracterizada por dolores agudos, enrojecimiento y sensibilidad de las articulaciones, que se produce por exceso de ácido úrico. Hemos visto cómo Andrés menciona en una de sus cartas que sufría esta enfermedad y los médicos pensaban que este mal podía haberle afectado al cerebro.

 

La segunda hipótesis es que un hombre tan acostumbrado a predicar misiones y a ir de un lado a otro se encontrara demasiado encerrado en el seminario.

 

La tercera teoría es que se ha esforzado demasiado intelectualmente en sus intentos por defender a la Iglesia de los ataques de sus enemigos. En el fondo, es un testimonio más de la gran capacidad intelectual de nuestro fundador. Ya hemos explicado antes por qué “la filosofía sistemática del magnetismo” y la enciclopedia eran vistos como enemigos de la religión. Por su parte, El Constitucional era un periódico antimonárquico y anticlerical fundado en Paris en 1815 (recordemos que en aquella época la monarquía era sinónimo de protección a la Iglesia católica, mientras que la Revolución fue su enemiga mortal).

 

No deja de sacarnos una sonrisa la referencia a que les leía a los demás sacerdotes del seminario durante los recreos algunos artículos de El Constitucional, bastante a su pesar. Esto marca un rasgo muy humano de la personalidad de nuestro fundador, que debía ponerse un poco pesado con algunos de los temas que quería refutar.

 

Una conclusión que podemos extraer por el hecho mismo de que se presenten estas tres hipótesis, es que no se le está culpando al propio Coindre de su mal ni de su muerte. No se entiende que él, por propia voluntad y en uso de sus capacidades, se haya quitado la vida. Sino que ha sido víctima de un mal que no ha querido ni buscado y sobre el que no tenía control. Este concepto fundamental lo vemos también reflejado en la carta del Padre Guillois que afirma: “Sin duda alguna este trágico fin no nos deja ningún temor sobre su salvación eterna”. Dicho llanamente, no consideran al Padre Andrés Coindre un suicida. Testimonio de esto es que el mismo día de la carta de Guillois, el 31 de mayo, se da sepultura a Coindre en el cementerio común de Blois, cosa que no se hubiera hecho de considerar que estaban frente a un suicida.

 

Prosigue la carta…

 

Ayer realicé una revisión de los papeles que ha dejado. He encontrado más de doce carillas que había redactado hacía tres meses. No he osado leerlas por temor a perder la cabeza. Profundizaba en los misterios de nuestra santa religión, explicaba, tanto como podía, los secretos de la naturaleza. Si usted lo deseara yo se las enviaría, aunque las distintas hojas tengan poca coherencia entre sí. Así llega a afirmar que ha sido castigado en su temeraria curiosidad: “He querido conocer todo y me he perdido”. Gritaba de vez en cuando: “Scrutator divine majestatis oprimentur a Gloria” (El que escruta la divina majestad será aplastado por la Gloria).

 

Lo más probable es que la “revisión de los papeles” del Padre Coindre haya sido póstuma, hecho que parece confirmado al referirse Lyonnet a “los papeles que ha dejado”. Llama la atención entonces que se afirme que esto sucedió el día anterior (“ayer”), dado que la carta está fechada el mismo 30 de mayo, fecha de la defunción. Puede ser un simple error de redacción o que, en vista del estado de nuestro fundador, se haya hecho una revisión de sus papeles personales estando él aún en vida.

 

Otra dificultad un poco más importante surge del hecho de que se afirme que las “más de doce carillas” habían sido escritas tres meses antes y su contenido pareciera ser sumamente incoherente (Lyonnet no las leyó “por temor a perder la cabeza”). Sin embargo, como ya hemos visto, conservamos cuatro cartas del Padre Coindre escritas en los meses precedentes, dos de ellas fechadas el 25 de febrero, fecha similar a la que se calcula que esas carillas habrían sido escritas, pero en las cartas no se ve ningún signo de desvarío. Tampoco se observan incoherencias en las cartas siguientes, incluida la última que está fechada una semana antes del comienzo de los síntomas que relata Lyonnet.

 

¿Podría Coindre haber escrito algo incoherente sobre los “secretos de nuestra santa religión” y “los secretos de la naturaleza” y, al mismo tiempo, escribir cartas coherentes sobre el gobierno de la congregación y un sinfín de cuestiones prácticas? Veo dos opciones: o lo escrito era en efecto incoherente, pero no tenía tres meses sino unos pocos días, o eran notas rápidas que a Lyonnet le parecieron incoherentes debido al contexto que estaba viviendo. Me inclino más por la primera explicación, que las hojas encontradas no tenían tres meses, porque la expresión de Coindre “he querido conocer todo y me he perdido” es congruente con un estado de deterioro mental y cierta conciencia de ello, como vemos que Andrés manifestó en varias ocasiones.

 

Y aquí complementa su relato Lyonnet con un recuerdo propio que podemos suponer viene a su mente por asociación con la frase anterior: “Gritaba de vez en cuando: ‘Scrutator divine majestatis oprimentur a Gloria’ (El que escruta la divina majestad será aplastado por la Gloria).”

Santo Tomás de Aquino, en un comentario a la Epístola a los Romanos de San Pablo emplea una frase casi idéntica. Es posible que el Padre Andrés hubiera leído dicho comentario y le hubiera impactado de tal manera esta frase que se sintiera identificado con la misma. Sin duda alguna, unida al “he querido conocer todo y me he perdido”, tiene un carácter de reflexión personal, casi de confesión. También llama la atención que se diga que “gritaba” la frase, dando más muestras de enajenación.

 

Se podría agregar a estas causas una especie de fiebre ardiente que ha afectado al mismo tiempo a varios sacerdotes misioneros en el país, los que se han desviado hacia similares extremismos. Monseñor (el obispo) se halla en la mayor desolación.

 

Finalmente, y un poco fuera de lugar, añade una cuarta hipótesis: la “fiebre ardiente”. Estas palabras son la causa más probable de que en varios escritos posteriores se haya descrito la condición de nuestro fundador como “fiebre cerebral”. Incluso en la Positio de Claudina Thévenet se habla de “fiebre tifoidea”, un diagnóstico nunca mencionado en ninguna otra fuente ni antes ni después.

 

Lyonnet afirma que “varios sacerdotes misioneros” estaban siendo afectados por el mismo mal. Sin embargo, no conocemos ningún registro de ello y hacer un rastreo de esos casos hoy parece imposible.

 

La referencia final al obispo suena un poco extraña en este párrafo, pero da cuenta de una carta bastante espontánea y sin corregir, lo que le añade credibilidad. Por otra parte, hace pensar sobre cómo podía Lyonnet conocer el estado de ánimo de Monseñor de Sauzin, que estaba fuera de la ciudad “en visita pastoral”. ¿Es posible que el mensajero que llevó la noticia al obispo también haya informado a Lyonnet sobre la reacción de aquél?

 

He aquí, señor vicario general, todo lo que tenía que informarle. Compréndanos, ya que somos muchos los que estamos abatidos. Ayúdenos con caritativas exhortaciones. No sabemos bien lo que debemos hacer. Por favor tenga la bondad de encargar a alguien que dé la noticia a la familia, no nos atrevemos a hacerlo nosotros mismos. Ruegue por el difunto y por nosotros. Tengo el honor, señor vicario general, de presentarle mis respetos; su muy humilde y obediente servidor.

 

Lyonnet, Dir. y (…)

 

Una vez más, lo que constatamos es el peso de esta muerte en todas las personas que querían y admiraban al Padre Coindre: “estamos abatidos”, “no sabemos bien lo que debemos hacer”, “ruegue por el difunto y por nosotros…”, así como el carácter paternal de la relación de Lyonnet con Cholleton, ya que busca en él consuelo y guía. Asoma además el miedo a comunicar la noticia a la familia y se delega esta incómoda responsabilidad en las autoridades de la diócesis de Lyon.

 

La firma, va seguida de la abreviatura “Dir.”, seguramente por “Director”, y falta una segunda abreviatura, que se cree que podría haber sido “Cons.” por “Consultor” u otra relativa a alguno de los cargos que desempeñaba.

 

A continuación, aparece una post-scriptum o posdata con una letra diferente, que es la propia de Lyonnet:

 

P. S.: Me he servido de la ayuda del subsecretario del obispado para escribir esta carta, la que le he dictado, porque mi estado de ánimo no me permitía hacerlo. Dejamos a su prudencia el cuidado de no revelar las circunstancias que parecen hacer más horrorosa esta muerte tan lamentable.

 

En definitiva, la carta del Padre Lyonnet nos deja algunas dudas, pero nos ofrece muchas más certezas; nos muestra la decadencia de un hombre enfermo, pero también la magnitud de su figura para sus contemporáneos; nos revela el lado más frágil de Andrés Coindre, pero también su humanidad, con la que podemos empatizar fácilmente. Aunque su muerte fue una “desgracia”, sin duda Dios tenía allí también una “gracia” reservada para nosotros.

 

Mirando ahora el pasado, viendo las vicisitudes que atravesó y atraviesa el Instituto, pero conscientes de que en medio de ellas seguimos siendo la presencia compasiva del Corazón de Jesús que Andrés soñó, podemos sentir el susurro de Dios que nos invita a la confianza: “Como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a los caminos y a los pensamientos de ustedes” (Is 55, 9).